¿Son los líderes árabes rehenes de sus actos?

¿Son los gobernantes árabes títeres de occidente o fieles a sus ciudadanos?

Muchos de los responsable políticos y los líderes árabes se entregan generalmente al mapa de ruta que dibuja la política mundial, especialmente, a la relacionada con sus respectivos gobiernos en la región de Oriente Próximo. Ésta no suele ser la política que espera el ciudadano, sino la que imponen las coyunturas internacionales que velan por sus propios intereses. Curiosa y paradójicamente estos responsables se acobardan a la hora de defender sus objetivos básicos, todo lo contrario a lo que ocurre en otros países, y así, con el paso del tiempo, cada vez es más perceptible la progresiva falta de sagacidad necesaria de identificar sus objetivos. En un principio todos son aceptados por occidente con alto grado de colaboración, porque su misión sería cumplir los intereses occidentales: negar el fin imperialista y cuidar su imagen y pintarla como el mejor defensor de la libertad ciudadana. Creen que pueden solicitar la protección occidental o guiarse según sus consejos cuando la necesitan, pero luego se dan cuenta de que su papel es servir a occidente y convertirse en su agente intermediario hasta conseguir ciertos objetivos, y sólo entonces  las potencias occidentales llegan a apoyarles para mantenerles en sus tronos. Y cuando dejan de rendirles ese trabajo, su función se caduca y pasan a ocupar puestos secundarios. Se buscan otros o intervienen en el diseño de la transición. Esta política de ciertos gobernantes árabes comienza a ser aceptada, pero afortunadamente no será para siempre, por el público, aunque no cumpla con sus aspiraciones nacionalistas. Pero la paciencia de los pueblos tiene un límite que dan tregua tras otra, y dejan de hacerlo cuando ven su dignidad afectada, su libertad más limitada y están bajo más represión.

 

En cierto modo, este ciudadano no demuestra señales de rechazo, sino se paraliza a la hora de exigir el cambio, su conformismo es el reflejo del poder que ejerce el sistema del gobernador. Muchas veces por la confusión de ver el futuro político con claridad debido a la manipulación de la información, y en otras ocasiones a causa de la falta de educación. El caos mental colectivo en el que se encuentra por lo que ve intereses opuestos al ser engañado por la información manipulada que reina sobre él. Son informaciones suplantadas deliberadamente según un guión predeterminado.

 

Este indicio de intranquilidad e ira ciudadana nos conduce a pensar que los gobiernos árabes ven justo lo contrario a la mayoría de sus ciudadanos. Por ejemplo cuando ciertos gobiernos pretenden hacernos ver como un enemigo en el vecino histórico de Irán, y desviar la mirada del otro enemigo eterno, Israel, que no hace más que humillarles y desprestigiarles, y con descarada violación de las normas de la ética diplomática. Basta con observar las declaraciones y desafíos continuos que parten de los gobiernos de este país. Han cedido al efecto propagandístico israelí y estadounidense para  hacernos creer que el programa nuclear iraní, pacífico según los iraníes, es una amenaza a la estabilidad de la región. Aunque su programa encierre algún fin militar, Irán no lo conseguirá, contando con la ayuda rusa o la china, hasta dentro de 15 años. Mientras el mundo entero cierra los ojos al arsenal nuclear existente (que cuenta con 150-400 cabezas nucleares según qué fuente), y desde hace décadas en el poder israelí. Son declaraciones del espía israelí Mordajai Vanunu que aportó en 1986 datos al Sunday Times que apuntaban a que Israel contaba con armamento nuclear, algo que las autoridades de este país nunca han negado ni confirmado. Vanunu fue secuestrado, juzgado en Israel y condenado  cadena perpetua. Anteriormente, en 1981, la prensa extranjera informó de que Israel ya era una potencia nuclear con un arsenal de doscientas unidades, capacidad que había adquirido desde la década de 1950 con la ayuda de Francia y de Alemania. Entendemos este rechazo a la política persa, y más a las oportunistas y provocativas de su PM Ahmadinjad, sea debida a su apoyo a dos fuerzas radicales en el frente árabe, y han puesto cara al poderío  militar de Israel: Hamás y Hezbollá. No cabe duda que los gobernantes árabes, impulsados por sus propios intereses económicos, aspiren a la creación de relaciones diplomáticas y económicas con Israel, solo con la esperanza de engordar, aún más, sus arcas financieras. Pero en política se demostró que los reglamentos del juego no se respetan y la historia está repleta de ejemplos donde se abandona al acólito y vasallo de occidente: el Shah de Iran no encontró ningún país para acogerlo enfermo y humillado excepto Egipto; el recién derrocado ex presidente tunecino Ben Alí cuyo mejor aliado, Francia, cerró puertas para no acogerlo en su suelo. El refugio lo encontró en Arabia Saudita que como se rumorea será un refugio de algunos otros presidentes. Escenas similares se esperan en otros países árabes con gobiernos cuyo cambio, más que por su corrupción y su descara continua represión y enriquecimiento, es necesario por necesidad de reformas internas y libertades sociales.

 

Alguien dijo que en el mundo se veta a los pueblos elegir algo excepto lo que está dictaminado sobre ellos. Si un determinado pueblo optase de liberarse del yugo de la dictadura, existente gracias a la pasividad y el beneplácito de potencias interesadas cuyos líderes se jactan de defender las libertades y las democracias, este proceso se vería torpedeado por el control policiaco férreo que disponen los gobernantes. Las democracias se prestan a simpatizar, sólo cuando ven bien definido y claro el horizonte del cambio, y a  apoyar la nueva elección del pueblo durante la transición, pero sin renunciar a sus intereses, a sus inversiones y a su potencial mercado del monopolio internacional. Ciertos países europeos y EEUU, mientras pretenden simpatizar con los pueblos, dejan las puertas abiertas a todas las tendencias y a otras posibilidades, no en retorno oculto a la dictadura de la tiranía anterior, sino a la posibilidad de recurrir incluso a encender las llamas ciegas de las guerras civiles si llegase la necesidad.

Ejemplos recientes lo vivimos en Palestina con la elección de manera transparente y democrática de Hamás bajo la observación de delegaciones diplomáticas prestigiosas mundiales, incluso, estadounidenses y organizaciones internacionales encabezadas por el ex presidente norteamericano Jimmy Carter. El gobierno elegido fue boicoteado, cerrándole las puertas de cualquier relación diplomática con países de su entorno, e imponiendo todo tipo de sanciones y embargo para importar medicinas y demás materias de sustento diario para la población civil. No le importó al mundo las condiciones inhumanas infligidas sobre un millón y medio de población encerrada en el mayor campo de concentración “sionazi” que haya conocido la humanidad. Igual ejemplo nos recuerda el caso en Argelia cuando se le negó gobernar al FIS (Frente Islámico de Salvación), después de haber ganado las elecciones en 1993. En estos casos, occidente recurre a favorecer ciertas alianzas regionales con regímenes, también autoritarios, que mantienen estrechas relaciones con los  EEUU y la CE, y mantenerlos en las órbitas del monopolio central de la comunidad internacional. Esta comunidad cuyo deber se centra en apagar los fuegos de posibles guerras civiles resulta, por su torpeza, que lo único que sabe hacer es reencenderlos. Concluyendo, los acontecimientos mundiales afirman que los países están gobernados por un puñado de poderosos que defienden un sistema global de acaparamiento de monopolio, que hacen del mundo esté unido y dividido a la vez. Unido por los intereses de cambio comercial y dividido por el diferencial de ingresos entre ambos extremos. Hacen que el abismo entre el ingreso per cápita entre la clase pobre y la afortunada sea cada vez mayor, y que una minoría tenga más del 80% de la riqueza nacional, mientras la mayoría lucha para sobrevivir.

 

Volvamos a centrarnos en la clase de los regímenes árabes. La población árabe está engañada, porque duerme soñando en cómo enfrentarse a un enemigo cuyo yugo pesa sobre ellos desde hace más de sesenta años. La   juventud forma un alto porcentaje de esta población, está parada, y con la facilidad que disponen de los medios informáticos actuales sueña con tener algunos de los derechos como sus semejantes de occidentes…Se encuentra frustrada y todas estas circunstancias le hacer revolver contra el sistema. A pesar de esta frustración ciudadana, las consecutivas administraciones de Washington, en quien depositan los gobernantes árabes su confianza, velan por sus propios intereses y por las del agresor israelí, su declarado enemigo. La historia reciente nos dio los dos ejemplos claros; la guerra en Afganistán cuando tiró abajo la antigua alianza entre AlQaeda y Taliban por un lado y, los EEUU por el otro, contra el enemigo comunista la URSS, que invadió este país en los años ochenta del siglo pasado, y una década más tarde, cuando EEUU se movió en busca de inversiones petroleras para conducir este recurso natural desde el centro de Asia hasta el Mediterráneo a través de Turquía y de Irán; y el segundo ejemplo en la agresión contra Irak a pesar de ser éste su mejor aliado contra la revolución jomeinista y que haya recibido gran ayuda durante la primera guerra del Golfo entre 1980 y 1988.

Los ciudadanos en el mundo árabe se sienten, en definitiva, frustrados políticamente al ver sus ambiciones nacionalistas abatidas, y pisoteadas por gobernantes títeres obcecados por un lado, y por la hegemonía militar, la israelí, que burla, una vez tras otra, de las resoluciones de la ONU y demás organismos: Human Rights Watch; Amnistía Internacional; Tribunal de la Haya…,  por el otro lado sin que lo frene ninguna potencia mundial.

El escritor árabe A Rojoub, se atreve a afirmar que la idea del desasosiego no deja de dominar el comportamiento de los gobernantes árabes, a la hora de desempeñar su función imponiendo el miedo, y al hacernos creer que de esta forma pretenden conservar el sistema y la estabilidad nacional. Esto es similar al clero religioso cuando practica el miedo por temor a ver debilitada la consagración de la religión, o al intelectual sobornado que conlleva la subyugación del dictador al hacernos entender que lucha contra el oscurantismo y la ignorancia.

Entonces deducimos que la relación entre gobernantes y gobernados árabes queda inestable. Algunas  veces,  por las frustraciones de éstos, otras, por la imposición de la obediencia sólo a la orden del líder en “servicio del poder”, para cumplir siempre con sus órdenes y su voluntad, sin cuidar las ambiciones del ciudadano. Esta forma de gobernar es poco criticada por la democracia de occidente, e, incluso, es más bien defendida en muchas ocasiones, incomprensiblemente, como la mejor manera de extender la democracia mediante regímenes carentes de legitimidad.

 

 

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