La caída del muro de Berlín del mundo árabe


Los dictadores, autoritarios y algunos conservadores  árabes no creen en las reformas que requiere el estado, por su natural evolución, de desarrollo y de evolución social. Tampoco responden a las exigencias de los ciudadanos hasta que sea tarde y entonces ninguna negociación sirve. Cuando estos responsables se encuentran muy presionados por la presión de las reivindicaciones ciudadanas, recurren sólo a las promesas para ganar tiempo, el necesario para absorber la ira pública y, más tarde, para liquidar a los opositores una vez esté calmada la calle.

Observemos la revuelta ciudadana en Egipto, llamada también la revuelta de los jóvenes.

La revuelta iniciada exclusivamente por la juventud, que por su limpieza, su espontaneidad y siendo ajena a toda ideología de partidos, ha conseguido sorprender al sólido partido político en el poder, a su servicio de inteligencia y, también, al servicio de inteligencia más fuerte e influyente en la región, el Mossad israelí. No cabe duda que Israel ha sufrido  una fuerte alarma, por no decir un explicable espanto, por esta revuelta de los jóvenes y de los pobres,  y  por ello se apresuró a prestar los consejos y los ensayos de cómo enfrentarse a la “insurgencia ciudadana”, para salvarlo de la caída. Israel, como lo afirmó más de una fuente mediática, ha recurrido a sus estrechas relaciones con Washington y con algunas capitales europeas, para utilizar los medios de información con el objetivo de atemorizar al mundo occidental de las posibles alternativas al gobierno actual de Mubarak. El sistema de gobierno en Egipto está demostrando que necesita de Israel por intercambio mutuo de intereses. Esto nos explica su reacción tardía a esta revuelta, promovida tras varias reuniones con el enviado especial de EEUU y responsables israelíes, para conspirar contra cualquier movimiento de “resistencia honesta” en el país que aspira al desarrollo progresista, y para poner fin al estado de humillación ante la arrogancia israelí y la intransigencia sionista que afecta al mundo árabe desde hace más de cuatro décadas.

Estas revueltas populares son la manifestación esperada y natural como manifestación de la insurgencia ciudadana. En el caso de Egipto fue descartada hasta que nos sorprendió a todos,  por la frustración sociedad que dejó de tener cualquier rol político desde la guerra de octubre de 1973, pero ahora ha sorprendido a todo el mundo como la siguiente pieza del dominó después de la revuelta tunicina. Estas revueltas surgieron por las represiones ejercidas desde los sistemas políticos en el poder y su agenda de represión social, por la amargura de los pobre que incrementa a diario por la carestía de vida, por existir unos parásitos bajo la umbrela del líder, en su mayoría perteneciente al mundo empresarial y de inversión, que acumulan sus riquezas a expensas del sector de los trabajadores pobres, y por su humillante dependencia de occidente necesaria para conservarlo en el poder. Esta revuelta que tiene mucho en común con su semejante de la revuelta estudiantil de mayo francés de 1968, es la que derribará el muro de Berlín árabe, es el inicio de la primavera de jóvenes árabes que solicita la libertad, la oportunidad de trabajo para guardar su dignidad y la dignidad de la nación, es, sin duda, el otoño de la caída de los líderes autoritarios árabes, tildados, no siempre públicamente, como servidores del neo-imperialismo occidental e impotentes ante la arrogancia del sionismo internacional.

El ciudadano  árabe de a pie percibe una hipocresía en occidente cuando éste habla de estabilización, de su importancia en el progreso democrático y político como de la vitalidad social necesaria para impulsar la economía y activar los negocios que engordan los bolsillos de los privilegiados hombres de negocios. La estabilización significa entonces que tiene dos presencias, la primera, contra la propia población, al mantener la sociedad estancada y sólo sirviendo al que la alimenta con ingresos mínimos, y la segunda, a favor del sistema en el poder cuyo ejercicio se mantiene gracias al autoritarismo del gobernante, que asegura su integridad por una red de servicio de seguridad y de policía cuyos altos cargos son partícipes en la administración estatal, y por último, gracias al grupo de enriquecidos hombres de negocios que, a su vez, devuelven los favores a los responsables políticos y la estructura militar, haciéndoles compartir las ganancias por haberles facilitado los privilegios.

Occidente cayó en el autoengaño que esta estabilización en los países árabes podría seguir indefinidamente, pero no han contado  los vientos de la liberación también pueden soplar favorables al pueblo para deshacerse de las condiciones de miseria social, la pobreza, la corrupción de los responsables, y del abismo creciente entre calidad de vida de pobres y de ricos. En los últimos años notamos la desaparición de la clase social media en el mundo árabe. Actualmente vive más de cien millones de pobres en el mundo árabe, analfabetos en su mayoría. Los jóvenes, ajenos a los partidos políticos clásicos tanto de derecha como de izquierda, y ajenos a los movimientos políticos islamistas tanto jihadistas como salafistas, son los que lideraron estas revueltas incitando a las clases sociales pobres a unirse a ellos para formar la locomotora fundamental del cambio. La sorpresa de occidente y de todos los observadores es que estas revueltas carezcan del estereotipo islamista, y en vez de ello, surjan de la clase burguesa pequeña, y que sus componentes sean principalmente jóvenes con estudios medios o superiores, unidos por la globalización informática y de comunicaciones. Esto presenta una prueba para tranquilizar a occidente que detrás de cada revuelta árabe no necesariamente tiene que haber una organización islámica, sea radical o no, tampoco una ideología fundamentalista con intenciones terroristas. No podemos olvidar la postura positiva occidental cuando se opuso al uso de fuerza de la administración de Bush, hijo, para democratizar Oriente Próximo liderada por su ideólogo neoconservador, Richard Pearle. Particularmente ha sido Francia que abogó en que el cambio debería de venir de dentro de la sociedad árabe y no impuesto por occidente. Los ciudadanos árabes piden y exigen que la hipocresía de occidente deba terminar, por lo menos, la relacionada con el mundo árabe y el musulmán. Europa ha custodiado los movimientos de liberación de los países de Europa del Este de la dependencia comunista y de su alianza durante la guerra fría, y defendido su independencia y apoyo su proceso democrático en especial después de la caída del muro de Berlín y de la desintegración de la URSS. Pero sigue siendo la misma Europa que aceptó la continuidad de los sistemas políticos dictatoriales y autoritarios árabes durante décadas, y para colmo, considerarlos como los promotores del progreso de sus pueblos. La única excusa de esta postura fue la de alejar la amenaza del terrorismo fundamentalista islámico. Pero occidente ha olvidado que en 1998 comenzó la revolución islámica en Indonesia que hoy en día, representa una revolución prototipo a seguir en todo oriente, y también ha olvidado que en Turquía gobierna un partido islámico y no forzosamente es considerado como fundamentalista que predica terrorismo. Por el contrario muchos regímenes árabes continúan en el poder gracias a la aceptación de occidente, y en particular, de los EEUU, por su posesión de recursos petrolíferos y de los negocios que se derivan de esta internacional industria y lo que ello acarrea para su seguridad del negocio militar con contratos millonarios renovados cada año. Es el mismo occidente que al mismo tiempo protege a estos regímenes, en su mayoría autoritarios monárquicos o republicanos hereditarios pero fundamentales, aunque parezca extraño, para la seguridad de Israel. Los dictadores árabes van cayendo uno tras otro y los parlamentarios europeos deben de estar alerta porque, aunque se hayan derrocado algunos del poder, el sistema mismo de la represión aún sigue apresando el poder gracias a que ha eliminado de la escena política a los partidos políticos de la oposición salvo al partido de los hermanos Musulmanes en el caso de Egipto por ejemplo. Pero omo los ejemplos de Indonesia y de Turquía el islam y la democracia pueden ser compatibles, pueden compartir al mismo tiempo las mismas administraciones de gobiernos.

No podemos exigir garantías de los pueblos cada vez que se levanten en reivindicación de libertades, y pedirles que su evolución tenga que ser en la misma ruta de mapa que se lo marquen otros. La política correcta es aquella que apoye a la democracia, a la libertad y vele por su consolidación.  No cabe duda que cuando los pueblos deciden tomar el curso de su política sean capaces de forzar hasta a las mayores potencias en el mundo a oír su voz y escuchar sus reivindicaciones y, por ende, ganar su respeto. Las personas cambian, igualmente sus gobiernos, pero los pueblos quedan y deben de trabajar para liberarse de la dependencia y de la injerencia externa y liberarse de la sumisión de los servidores del neo-imperialismo. Los pueblos árabes comienzan a trabajar para el cambio hacia gobiernos donde reina mejor futuro para las generaciones venideras en nombre de la libertad, el estado de derecho y la democracia, y así mismo la transparencia de la elección de su gobierno.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en La caída del muro de Berlín del mundo árabe. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s