El espejismo de la democracia en Oriente Próximo defendida por occidente

Al observar la dinámica de los actuales acontecimientos en el pueblo árabe se afirma que EEUU no ha sido capaz de detectar las clamores y el alcance de la reacción del pueblo, y si lo hiciera, no ha querido darle legalidad a su deseo de cambio de vida. Prácticamente se ha movido tarde.

Los pueblos de Oriente Próximos se manifiestan hoy día, ante todo, contra la corrupción, la desigualdad y la pobreza por un lado, y por el doble rasero con que miden los EEUU e Inglaterra y la pasividad de Europa por el otro. Aquellos están echando a la cesta de basura todas las promesas de occidente, en especial la relacionada con la defensa del derecho constitucional y la democracia porque, simplemente, comprobaron la falsedad de estas promesas.

Los árabes no creen más en la política occidental casi de forma radical. Occidente, y durante años, dio la espalda a las aspiraciones de los pueblos en la región de Oriente Próximo y en el norte de África, y para colmo, en lugar de ponerse al lado de la justicia, protegió a los gobiernos autoritarios: monarquías medievales y repúblicas hereditarias. La respuesta de los pueblos árabes tras la caída de Saddam fue la renuncia de la democracia manchada con sangre de inocentes civiles (después de verificar la esencia verdadera de la política de EEUU y de sus aliados en Irak, en Palestina y en Líbano) que occidente quiso plantar en la región. Al principio arroparon a sus gobiernos en frente de malvados planes occidentales de democratización y defendieron a sus dirigentes, siendo dictadores, contra un enemigo del exterior. Y ahora, éstas, son las mismas poblaciones que dieron un giro de 180 grados  para reclamar de sus dirigentes dejen el poder o hagan reformas radicales dentro de sus gobiernos y constituciones, fomenten libertades sociales, acaben con la era de corrupción y del robo de la riqueza que pertenece al ciudadano. Esta revuelta son el fenómeno de erradicar el pasado, y no menos, renunciar la injerencia extrajera, rechazar los oportunistas y algunos islamistas ajenos a la sociedad árabe. Los pueblos, en cambio, siguen agarrados al mismo slogan: “basta, el cambio es debido”, no importa “el precio de la libertad sea caro, mientras es gratis el de la sumisión”.

Las revueltas actuales reclaman una vida mejor con más libertad y más derechos de la ley. Reclaman cambio de sistemas partidarios de los EEUU y de Israel en detrimento de los intereses propios. De hecho hemos observado, y en contra de lo habitual cuando cada vez se manifiesta la gente en esta región, la abstención de quemar, estos días, las banderas con las rayas y estrellas, o la que lleva la estrella de David, ni en Túnez ni en Egipto.

A lo largo de las últimas décadas y por las represiones de los autoritarios en muchos, por no decir en todos los países árabes, la clase social media ha desaparecido y, en cambio, se incrementó la clase pobre necesitada y aumentó la riqueza de la elite privilegiada que duerme en el calor de las instituciones gubernamentales prácticamente desde la guerra árabe israelí de 1967. Nos preguntamos ahora si la aparición de algunas democracias podría debilitar la influencia occidental e incluso llegar a su rechazo, debilitar la colaboración de estos futuros regímenes y quiebra su lucha internacional contra el terrorismo. O, más aún, invitará a Israel a revisar su estrategia que transformó su agenda beligerante durante el transcurso de las últimas tres décadas, para hacerle volver a sus habituales agresiones que últimamente se limitaron contra Hamás en Gaza  y Hezbolláh en el Líbano. La respuesta es claramente que sí. No cabe duda que el rol de EEUU experimentara regresión en la región y perdiera la credibilidad. Nadie hoy día respeta su presencia, más bien, su burla como defensor de la democracia creció y aún es más manifiesta después de la invasión contra Irak. Los gobiernos que apoyaron esta invasión comenzaron resquebrajarse y están cayendo uno tras el otro empezando por Túnez y ahora en Egipto, al tiempo que se observan señales de revueltas revolucionarias similares en muchos países candidatos al cambio.

Egipto de Mubarak

El perfil de Mubarak se filtra ahora, y después de apoyarlo durante treinta años, con todo el horror que pudo causar a su pueblo. Su periodo se caracteriza con la represión, la corrupción y la eliminación de toda oposición que reclama derecho y democracia. Mubarak transformó el ejército, eliminó sus oficiales con historial muy destacado. La primera víctima fue el ministro de defensa, Mohammad A. Halim Abu Ghazala, privándole de su puesto destacado como jefe mayor del ejército y alejándole de la escena política. A los demás oficiales les implicó en empresas militares con producción de consumo público. Redujo el número del ejército que cayó de más de millón y medio en los años setenta del siglo pasado a 450 000 en 2008 y, en cambio, aumentó el total de la fuerza de seguridad de 100.000 a 300.000 cuya misión primordial es el enfrentamiento a las manifestaciones y revueltas sociales y a callar a los críticos. Mubarak y sus allegados consiguieron la acumulación de riquezas exorbitantes a ojos de la población empobrecida continuamente. Respetar el tratado de paz con Israel del 1979, firmado por su antecesor, Anwar Sadat, está proporcionando beneficios a este país cerca de 30.000 millones de dólares anualmente, a cambio de la ayuda condicionada que recibe Egipto de los EEUU  y que suma 1.300 millones de dólares. Mubarak se puso al lado de los EEUU, en un principio contra Irán y luego contra Irak después de la invasión de Kuwait en 1991. No es de extrañar encontrar y oír reclamaciones de tan sólo de los dos estados en la región: Israel y Arabia Saudita, para proteger a Mubarak y conservar su régimen militar. La explicación está en los intereses mutuos. El lado positivo de su política fue su liberalismo y el crecimiento de la economía del país que alcanzo el año 2010 cerca de 5.2%. Efectivamente así es, pero los beneficios fueron todos, o casi todos, a sus propios bolsillos y a los de sus acólitos. El dinero es llevado a bancas delo exterior y no se invierte nada en beneficio del país. Mubarak como se filtra en la prensa occidental, forma uno de los ricos con más fortuna en el mundo, alcanzando la suya y la de su familia, constituida por dos hijos y por su esposa, entre 40 y 70 mil millones de dólares, además de cuentas ocultas en Suiza. La fortuna del Sr. Hassan Salem sobrepasa el presupuesto nacional de un año. El sueldo de los oficiales del ejército es 400-500 veces más que el de un soldado raso. Para dar más detalles se necesita de varias páginas de un periódico.

El apoyo de los países occidentales y de sus aliados “defensores de la democracia “a Mubarak y a su régimen también se pagará caro a partir de ahora. Tendrán que lavar su reputación de haber tomado partido en contra de las aspiraciones de pueblos históricos en la región, y en vez de ello, dieron rienda suelta a la política arrogante de Israel, un país implantado ilegítimamente y no para de castigar al pueblo palestino y robarle su tierra.

Los neoconservadores como Rumsfield, Pearle, Wolfowitz, Cheney y Bolton que ascendieron a los puestos de decisión política, Think Tank, en Washington en tiempo de Bush hijo, consiguieron la total destrucción de la estructura estatal de otro país árabe, Irak, de su ejército, ministerios, el robo de su riqueza e histórico legado, introdujeron el radicalismo religioso en un país laico y lo peor aún al terrorismo de Al Qa’ida donde jamás estuvo  porque este país formaba simplemente una amenaza para Israel. Estos neoconservadores intentaron democratizar la región con la fuerza de las armas, comenzando en el Líbano en 2006 y recurriendo a su aliado protegido Israel. Se sorprendieron al chocarse con una resistencia de un país pequeño, pero fuerte en su firme decisión y su patriotismo, y gracias a la milicia de Hezbólla, cuyo número de combatientes no pasaba de tres mil elementos, pero consiguió obstaculizar el avance de más de 37 mil soldados israelíes, equipados con los más modernos y sofisticados armamentos, y causarles bajas que el ejército israelí jamás había sufrido en enfrentamientos anteriores. Y ahora los pueblos guiados por los jóvenes de esta región inician pacíficamente una revolución sin precedente, para echar abajo a todos los planes neo-colonialistas occidentales y parar la política de dividir los estados, al estilo de la balcanización de los países de la antigua Yugoslavia en pequeños países según las sectas religiosas. Esto fue el plan del ideólogo de los neoconservadores republicanos, Henry Kissinger desde hace más de cuatro décadas y de su nuevo mapa geopolítico para la diplomacia de Oriente Próximo.

La  invasión de Afganistán y de Irak, durante la cruzada de Bush contra el terrorismo, por las amenazas al artificial status quo democrático dirigido por Occidente, ha incomodado al “mundo árabe”, azuzó el fundamentalismo musulmán en Oriente Próximo, alteró sensiblemente el tablero geopolítico eurasiático, y suscitó el rencor y temor de Irán, Siria y Libia –como el “eje del mal” y patrocinadores del “terrorismo internacional” según la teoría de Washington. Esto, y el actual clima de paranoia en la sociedad estadounidense ante la posibilidad de un ataque terrorista y la sensación de vulnerabilidad de su seguridad interna (motivada o no por la factibilidad de un nuevo y mortífero ataque terrorista de Al Qa’ida), cuestiona el rol protagónico de la Comunidad Europea, logrado hasta hoy[1]. Es posible palpar crecimiento del pulso de una influencia nueva de dos naciones de la región, la turca y la iraní, ambas con gobiernos islámicos pero opuestos que no ocultan su ímpetu para encontrar el  dominio entre los árabes.

Y ahora son los mismos israelíes y sus aliados likudistas de los neo-conservadores estadounidenses, que se muestran pillados de sorpresa por la revuelta en Egipto. Habían confiado que podrían ser los religiosos quienes levantarían contra el régimen de Mubarak y dirigieron toda su precaución hacia ellos. Hasta este régimen, como se supo por la embajada de Inglaterra en el Cairo, mediante su ministro de Interior, Habib  Adeli, como el responsable del ataque contra la iglesia de los Dos Santos en Alejandría el pasado día 1 de enero, siendo uno de los atentados más sangrientos perpetrados en Egipto en los últimos años, y el más grave contra la comunidad cristiana en Egipto, que representa el 10% de la población.

Occidente en general nunca había imaginado que sería una revolución iniciada por los jóvenes a la que en seguida se unieron todas las clases sociales. Y no hay duda que también los partidos que lucharon en tiempo pasado, no encontró el momento oportuno para tomar la iniciativa de la actual revolución. Pero en un futuro se adherirían a la misma. Israel no para de incitar a EEUU, a Europa y a países aliados en la región para difamar los nobles objetivos de esta pacífica revuelta, y atemorizar a occidente de la posible llegada de los radicales islamistas, su habitual comedia, para salvar a Mubarak y a su régimen. Así fue la alerta propagandística de Israel en boca de su PM Netanyaho al comparar la revuelta egipcia con la jomeinista en Irán en 1979, y el cambio de sistema político egipcio traería otro que se opondría a los proyectos expansionistas del sionismo internacional y reclamaría los derechos árabes en Palestina. Israel sigue con su plan de vilipendiar el noble objetivo de la revuelta de jóvenes egipcios y su desvinculación de cualquier ideología partidista o de radicalismo islámico. Tampoco esconde su temor por un cambio que podría cuestionar la continuación con el Tratado de Paz con Egipto.

Las declaraciones de diferentes responsables norteamericanos: Frank Wisner el enviado especial de Barak Obama a El Cairo; de su secretaria de estado Hillary Clinton e incluso del propio Obama, hacen resaltar la contradicción entre la agenda pro-democrática de EEUU para los países de la región por un lado y entre su histórico apoyo diplomático hacia la política militar expansionista de Israel, por otro.

La insistencia de EEUU y de Inglaterra para la propagación de la democracia y la desmesurada protección del anciano Mubarak, que lleva 30 años en el poder, nos sorprende al compararla con la ausencia de su interés durante la salvaje invasión israelí contra Gaza en 2008-2009, condenada por parte de todos los organismos mundiales como crimen de guerra y de lesa humanidad. ¿Por qué no se despierta la conciencia de occidente ahora, en vez de llevar  más de cuarenta años, en contra de la ocupación militar israelí de los Territorios Ocupados y en contra de la humillación de sus habitantes?

Claro que sí, todos sabemos que occidente compró el régimen de El Cairo, y sigue pagando su anual compromiso desde hace más de treinta años, y por esto quiere proteger su dinero y sus intereses. Pero comprar los regímenes de los países árabes no significa la compra también de sus pueblos. Se debe parar la utilización de los pueblos por sus dirigentes para conseguir sólo los intereses de occidente. Si occidente tiene el entusiasmo para instaurar la democracia y restablecer los derechos humanos, entonces esto tiene que ser su bandera para siempre y para todos. Sin embargo, lo que se vislumbra ahora en occidente es su reivindicación y defensa de los principios tradicionales pero, a la vez, no logra esconder la protección en primer lugar de sus propios intereses y de los bastiones protectores.  El socio de la destrucción del pasado busca ahora, curiosamente, a su socio para la construcción en el futuro. Pero ya no podrán engañar más a los pueblos. La prueba está en la manifestación millonaria de los jóvenes en Túnez y en Egipto.

No cabe duda que este es el inicio de una nueva era de la independencia árabe. Es el segundo cambio desde hace casi un siglo. La región esta vez no reivindica desvincularse de la sumisión de occidente, EEUU e Inglaterra particularmente, sino liberarse de regímenes autoritarios y de dictadores que se han descubierto, y renunciar también los acuerdos que no respetaron los intereses de los ciudadanos. Sin menos preciar la revolución tunecina, que ha sido la chispa de esta revuelta del mundo árabe, Egipto tiene especial peso en los corazones de todos los árabes. Es su corazón geográfico también. Es su historia milenaria como partícipe de defensa de la causa árabe. Es su ligado cultural en la conciencia de todos los árabes. Quizás esta revolución represente para los árabes un parecido de la revolución francesa para los europeos, por lo que conlleva de objetivos de paz, pan y dignidad y, en definitiva, contra la represión y la desigualdad. El resurgimiento del panarabismo que los países comienzan a exigir en estas revueltas revolucionarias (revolucionarias por su carácter global y contra el sistema en el poder), la retoma de su rol a nivel mundial en la cooperación pacífica y la aportación del desarrollo y su incuestionable derecho. Es el momento de exigir ser tratados de igual a igual. Estamos considerando el temor de Israel por lo puedan traer las consecuencias de esta revuelta, y particularmente, contra su agenda expansionista y el tratado de Camp David de 1979. Así mismo se señala la vacilación de Europa de definir su postura y la tardanza de EEUU de considerar y de apoyar esta agitación social. Esta indecisión no es el camino correcto de cómo tratar con los pueblos, ni mucho menos, con los partidos políticos en la región. Tampoco es la correcta relación con las organizaciones de ideologías revolucionarias e independistas que se muestran como representante de los pueblos.

 

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